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La esencia del teatro (II)
Publicaciones Orden del Temple - Arte Iniciático
Escrito por María de Aquitania   
Miércoles, 23 de Febrero de 2011 00:00

Autor: M.C.R.

La segunda teoría fundamental que acerca de la esencia [114] del Teatro ha sido formulada y que llamaré «teoría plástica», suele ser considerada como la contrafigura de la recién criticada «teoría literaria». Para la teoría plástica, lo verdaderamente original, relevante y característico del Teatro es la Pantomima, la Escenografía, el «espectáculo». Es muy frecuente concebir estos elementos como los específicamente «teatrales» –y en este adjetivo suelen depositar los literatos un sentido despectivo y peyorativo–. Además se da como una alternativa indudable que el Teatro o es «pensamiento» o es «espectáculo».

Por eso, algunos piensan –teoría ecléctica– que la esencia del Teatro debe ponerse más bien en la reunión de ambos grupos de elementos: Sólo cuando los diversos colaboradores de la obra teatral –autor, actor, escenógrafo– aportan equitativamente su escote, entonces puede fructificar la obra teatral en toda su perfección. «Ninguno de ellos –dicen Baty y Chavance– usurpa el primer lugar; cada uno lo va tomando a su vez, en el momento en que la expresión reclama el instrumento de que dispone.» Pero tampoco puedo adherirme a estas teorías –la teoría de la plástica y la ecléctica– porque no consiguen destilar la quintaesencia de la substancia Teatral.

La teoría plástica, por sí sola, no recoge lo esencial y específico del Teatro, porque lo «espectacular», lo plástico del Teatro es un componente genérico –un «fraude», lo ha llamado Correa Calderón– que comparte el Teatro con otras realidades culturales –por ejemplo, la danza, el ballet, etc. Tampoco encuentro satisfactoria la teoría ecléctica; antes bien, me parece, dentro de su prudente sensatez, un artificio para disimular el desconocimiento de la calidad con la cantidad, la ignorancia del elemento formal del Teatro con la burda enumeración material de todos sus ingredientes; es cierto que el criterio, obtenido de esta teoría ecléctica para juzgar sobre el porvenir y el valor de una obra teatral es útil: Que está en [115] razón directa del grado de perfección de todos los componentes. Pero ello no supone que conozcamos la esencia de la obra teatral. Podemos afirmar que un animal gozará de salud cuando todos sus órganos estén sanos y la relación entre ellos sea proporcionada: pero esto no puede confundirse con un saber esencial sobre la substancia de la vida. Además, la alternativa más generalmente sobreentendida –«texto» o «plástica»– no es exhaustiva: en el Teatro existe también otro elemento decisivo, si bien de otro grado diferente, de otra estirpe ontológica que la de los componentes ya conocidos.

Es así que éstos podrían reunirse bajo el nombre común de «componentes materiales, objetivos» del Teatro (con una objetividad que es ideal en el texto y real en la plástica), mientras que el nuevo ingrediente es de naturaleza formal y subjetiva. Y acaso a primera vista, incluso, podría asombrar que se le invoque como un ingrediente más, dado su aspecto sutil y meramente conceptual; pues él no es un contenido más al lado de los otros, un elemento material más, sino formal; cuya importancia se mide no sólo por lo que con él afirmamos, sino también por lo que negamos: Que los elementos materiales sean lo esencial del Teatro.

Lo que afirmamos cobra así interés pleno; la esencia del Teatro es el mismo «estar-en-escena» de los Actores y, a través de ellos, de la escenografía; el propio re-presentar un papel. Sin este elemento, desde luego, se comprende que no podemos hablar de la realidad del Teatro: Porque no podríamos llamar Teatro a un espectáculo en el cual unos muñecos, poblando la más pintoresca y cromática escenografía, recitasen como loros un texto literario; estaríamos ante un Gran Guiñol, pero de ningún modo, a pesar del texto y de la plástica, ante un hecho teatral.

Mas basta que ciertas personas humanas re-presenten para que el texto y la plástica adquieran la dignidad [116] de elementos teatrales. Entonces es legítimo concluir ya que es a través de este elemento formal, subjetivo, de esta actitud espiritual y humana que queda perfectísimamente recogida en la expresión «estar-en-escena», por donde los ingredientes «materiales» del Teatro –Texto y Plástica– vienen a ser verdaderamente teatrales, tejiéndose en la unidad de la «representación». Si además advertimos que el «estar-en-escena» sólo puede concebirse, en tanto es una actitud espiritual, cuando hay un espectador que contempla, podemos fundadamente sospechar que el «estar-en-escena» es la nota verdaderamente esencial del Teatro, puesto que no sólo es necesaria a él, sino que posee la virtud de congregar a todos las restantes que hemos enumerado.