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Viernes Santo 2010 (IV)
Publicaciones Orden del Temple - Semana Santa en los Corazones
Escrito por María de Aquitania   
Viernes, 02 de Abril de 2010 00:00

 

La cabeza de Cristo con la corona y con la sangre que llenaba sus ojos, la boca entreabierta, sus cabellos empapados, estaba inclinada sobre el pecho. Tenía la carne totalmente desgarrada. Sus hombros, muñecas, estirados hasta ser dislocados. La sangre de sus manos corrían por sus brazos y su pecho levantado, formaba una cavidad profunda. Todo Su cuerpo estaba lleno de heridas, pero a pesar de esto, Su cuerpo se ve noble y venerable.

Juan contempla el significado cósmico del misterio del Cristo crucificado, como centro de atracción en la historia; revelación del sentido de la existencia humana y de la misma existencia de Dios. Cristo atrae desde la cruz con la fuerza del Amor Divino y es crucificado cabeza arriba, como ejecutaban a los malhechores y esclavos rebeldes. Ponen a sus dos lados a unos bandidos, lo que nos dice como Su Amor está por encima de los pecados de todas las almas. La tolerancia, la caridad, la paciencia, la comprensión, ahí está la voluntad misericordiosa hacia todo el género humano. También, está la noche oscura, la soledad, el desamparo, la aparente lejanía de Dios y sin embargo, la firmeza de la esperanza. Ahí está en suma, el regreso al Padre al que todos estamos llamados, porque nuestra vida terrenal, es un camino que va desde las manos de Dios, de donde procedemos, a las manos de Dios que es donde está nuestro destino.

 

LAS SIETE PALABRAS

1) Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.

Jesús se refiere a los que le están crucificando, dirigiendo esta oración al Padre. Intercede para que la culpa les sea perdonada a sus verdugos, expresando así un inmenso amor espiritual. Cuando dice “no saben lo que hacen”, hay un juicio moral por parte de Jesús. Él ora por todos los que le han maltratado y vierte sobre ellos Su infinita piedad, caridad y perdón. Así nos recuerda: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnien”. Jesús así no exalta ni destaca la ofensa, al contrario, la disminuye, la borra. Y perdona así porque ama.

Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos. Que hace salir el Sol sobre malos y buenos y sobre justos e injustos. Pues si amáis a los que os aman ¿qué recompensa tendréis?. ¿No hacen esto también los publicanos?. Sed pues perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial.

2) Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

Uno de los malhechores le insultaba. ¿No eres tú el Cristo?, ¡sálvate y sálvanos a nosotros!. El otro le reprendió diciendo: “Nosotros nos merecemos la condena por nuestros hechos, en cambio, éste nada ha hecho. Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino”. Jesús le dijo: “Yo te aseguro, que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Jesús ve que el Buen Ladrón aprecia el valor espiritual de Él y ha comprendido que es inocente. Ha llegado a la fe y Jesús le responde concediéndole antes que nada el perdón porque ha admitido su culpa y la justa condena. Jesús le asegura con certeza, permitiéndole enfrentarse a la muerte de manera positiva y con esperanza.

3) Stábat Mater Dolorosa iuxta crucem lacrimosa.

Jesús, viendo a Su madre y junto a Ella el discípulo a quien amaba, le dice a Su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Ahí se establece una relación de vocación espiritual y les ofrece una tarea a desarrollar que tiene un gran significado espiritual. Él le indica a Juan, no sólo que cuidase de Ella, sino que a través de María, Él estará siempre presente.

En el Calvario, primer templo de la cristiandad, Jesús declara a María Madre de todos los hombres. Surge en ese momento la maternidad espiritual de María, centro de fe y esperanza. Con María, excelsa hija de Sión, tras larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva etapa de la salvación, cuando el Hijo de Dios, asume de Ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de Su carne.

4) ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?.

 

 

A la hora nona, gritó Jesús con fuerte voz: “Eloí, Eloí ¿lama sabachtani?”. Parece un grito desesperado, pero en realidad se trata del primer versículo del Salmo 22. Es un Salmo mesiánico de lamentación, de confianza y acción de gracias. Con este Salmo, que describe la situación que está viviendo Jesús, le pide al Padre refugio y protección y le da gracias por el fruto de Su muerte.

Jesucristo sabía y aceptaba que al morir, tenía que hundirse en lo más profundo, antes de ascender a la cima de la libertad. Su Cuarta Palabra, recuerda que está a punto de ser rescatado de Su aflicción de la misma manera que unos momentos antes Él había salvado al Buen Ladrón.

Estaba el Señor con el cuerpo llagado, al alma afligida, abandonado por sus amigos y no tenía nada más que la cruz. Moribundo y sin fuerzas, da un fuerte grito, manifestando su angustia y soledad. Por nuestra salvación, Dios Padre permitió que Su amado Hijo sufriera la ausencia del Padre y sintiera en Su alma la amargura de la soledad. Si Jesús no la hubiera sufrido, hubiera quedado muy poco consuelo en nuestra debilidad. Por eso, había que dejarle a solas con Su pena como si fuera solamente un hombre, el Verbo encarnado en las entrañas de María.

5) Tengo sed.

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura dijo: Tengo sed. La Quinta Palabra, revela a la humanidad sedienta que grita con Cristo a una sola voz, por sus labios resecos “tenemos sed”. Sed de agua, de justicia, de paz, de libertad, de reconciliación, de caridad... .

Jesucristo es la promesa del Agua Viva, pues si alguno tiene sed, venga a Jesús y beba. En la crucifixión, la expresión “tengo sed”, es la síntesis suprema del dolor físico. Jesús se ha deshidratado. Lleva casi tres horas interminables, colgado de la cruz. Después de dieciséis horas padeciendo, Jesús no se ha quejado de sus dolores y sufrimientos y en ese momento, nos representa a todos y la sed de Cristo, no es más que el deseo de nuestra salud, nuestra fe y nuestro remedio.

6) Todo se ha consumado.

Se cumple la Escritura. Todo está cumplido. Desde Belén al Calvario, cuarenta años, día a día, Jesús fue cumpliendo meticulosamente lo que programó en la eternidad del Padre y anunciaron en el tiempo de los Profetas. La Pasión se ha consumado. La sangre, ha sido derramada, los pecados perdonados y la redención de los hombres a tal precio conquistada. La muerte de Jesús en acto de oración es la consumación de Su vida como Hijo, por tanto al Padre.

“Consumatum est”. En la cruz se cumplió todo porque en ella está la fuerza y la sabiduría Divinas, y la perfección y plenitud de todas las cosas.

7) Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu.

 

 

Diciendo esto. Expiró. Jesús con Su muerte, voluntariamente aceptada, abre las puertas para la efusión del Espíritu Santo, la gracia Divina. Y la Palabra se hizo silencio. En esa Palabra hecha muerte por nosotros, resonó la última palabra de Dios a los hombres. En ese silencio de Amor hasta la muerte, el hombre ha podido escuchar al Dios vivo y verdadero, al Dios del Amor. “En eso está el Amor. No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó y envió a Su Hijo, como propiciación por nuestros pecados.

“Yo he vencido al mundo”, es decir, al odio, la violencia, el fracaso, la soledad, la enfermedad y la muerte. Cuando Jesús encomendó Su alma humana a Dios Padre y la muerte tomó posesión de Él, Su cuerpo sagrado se estremeció, se puso de un blanco lívido, sus mejillas se hundieron, Su nariz se afiló y sus ojos, llenos de sangre, se abrieron a medias. Levantó un instante la pesada cabeza coronada de espinas por última vez y la dejó caer.

 

 

Incluso al morir, Jesús actuó voluntariamente, pues su cabeza no cayó sobre Su pecho después de Su muerte, sino que Él la inclinó, aceptando que Su vida terrenal acababa. Así muere el Hombre-Dios, que ha dado agua de vida a los sedientos, ha despertado a los muertos, ha ahuyentado a los demonios, ha devuelto el movimiento a los paralíticos, la vista a los ciegos y ha llorado con los que lloraban. Ha amado a todos, incluso a los que no eran dignos de Su Amor. Las manos de Dios son salvación. No están hechas para condenar a nadie, sino para salvar a todos. Si alguien se condena es porque huye de esas manos que son Vida y Resurrección porque Dios no es más que Amor y Vida perdurable.

  

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