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Lunes Santo 2010
Publicaciones Orden del Temple - Semana Santa en los Corazones
Escrito por María de Aquitania   
Lunes, 29 de Marzo de 2010 00:00

 

EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES EN EL TEMPLO

Entrando en el templo, Jesús comenzó a echar a los vendedores diciéndoles: “Escrito está. Y será Mi casa, casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones. Expulsó del templo a cuantos vendían y compraban en él y derribó la mesa de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas.  

Llegáronse a Él, ciegos y cojos en el templo y los sanó. Enseñaba cada día en el templo, pero los príncipes de los sacerdotes y los escribas, buscaban perderle, pero le temían, pues toda la muchedumbre estaba maravillada de Su doctrina.

El 5 de Abril del año 30, tres días después de Su llegada, Jesús provocó un alboroto en el templo, el lugar sacrosanto del pueblo judío. El amplio antepatio, acogía los puestos de los comerciantes y prestamistas, probablemente simples mesas y puestos montados sobre unas tablas. Para el templo, los comerciantes tenían un papel casi tan importante como los propios sacerdotes, ya que únicamente en Jerusalén se podían realizar sacrificios válidos ante Dios, y los comerciantes vendían corderos y otros animales para tal fin. Como los sacrificios se celebraban sin cesar, mañana y tarde, siempre había fieles comprando animales para ofrecérselos a los sacerdotes.

Sin comerciantes, no había sacrificios y sin sacrificios no había culto. Cristo subió a una plataforma en medio de la multitud de peregrinos y se puso a volcar los puestos y mesas de los comerciantes. Eso fue interpretado como un ataque contra los negocios profanos, pero estos comerciantes, no ejercían un comercio capitalista y resultaban imprescindibles para el culto, y Jesús, enfrentándose a ellos, se enfrentaba en realidad con las jerarquías del templo.

Esto demostraba en fin, que el templo de piedra se acababa, porque se acercaba el Reino de Dios a los corazones de los hombres. Un acto que los sacerdotes no podían soslayar, y Jesús se convierte en un peligro para los caduceos y el propio Sumo Sacerdote, ya que toda la autoridad de la élite religiosa se basaba en el culto, y los impuestos para el templo, reportaban importantes ingresos económicos.

Los sacerdotes, eran casi todos caduceos, miembros de una incrédula aristocracia que se había formado alrededor del templo y vivían del altar. La secta de los caduceos, estaba compuesta por la aristocracia sacerdotal (el Sumo Sacerdote, los que lo habían sido y los jefes de los sacerdotes) y por los notables judíos, cultos y ricos de Jerusalén, los cuales tenían una gran influencia en el control del templo, sometiendo a su voluntad la organización sacerdotal.

En la fachada exterior del atrio, había trece cepillos para recoger las ofrendas, siendo la mayoría de ellas obligatorias, ya que todo israelita tenía que pagar el diezmo desde que cumplía los veinte años, o las ofrendas llamadas del culto, como el incienso, tórtolas, oro y plata. Muchas familias depositaban allí sus objetos de valor, convirtiendo el lugar sagrado, en la institución religioso-económica más importante del país. Para Jesús, era imprescindible acabar con aquella religión ofensiva para Dios, porque para Jesucristo, los verdaderos creyentes adoran al Padre en espíritu y en verdad, en consecuencia, no hay templo ni culto ni religión, que puedan contener a Dios.

“Entra en el templo, ira los aduares

 bullendo en torno al oro y la codicia,

ciega la calma, excita la justicia

el ultraje infringido a los altares.

Mi casa es de oración y la habéis hecho

 

guarida de ladrones, Su voz clama.

 

Y escapa el usurero ante la llama

 

que inunda de rigor el santo pecho.

 

Vuelve al punto la mano generosa

 

a dar la luz al ciego y al hermano

 

tullido torna la salud preciosa,

 

pero no ahorra hieles al tirano,

 

que es la falsa piedad la sola cosa

 

que pone a Cristo el látigo en la mano”.

 

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