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El Lado Oculto de las Religiones (VI)
Publicaciones Orden de Sion - Reflexiones Espirituales
Escrito por Sion de Bouillon   
Jueves, 21 de Enero de 2010 00:00

 

La explicación mística de la enseñanza popular era pública, y se presentaba en alegorías, dando su significado aceptable a las toscas narraciones y a las pueriles y poco racionales historias. Tras el misticismo teórico, como igualmente tras del misticismo popular, existía el misticismo práctico; una enseñanza espiritual oculta, la cual se comunicaba solamente bajo condiciones definidas, condiciones conocidas y públicas, que cada candidato tenía que cumplir.


San Clemente de Alejandría menciona esta división de los Misterios. “Después de la purificación – dice-, vienen los Misterios Menores, en los cuales hay algún fundamento de instrucción y de preparación que sirven de preliminar para lo que ha de venir después: Los Grandes Misterios, en los cuales nada se deja de enseñar acerca del Universo, quedando sólo el contemplar y comprender la naturaleza de las cosas”. Imposible es disputar esta actitud a las antiguas religiones. Los Misterios de Egipto fueron la gloria de aquel país, adonde se dirigían los hijos más esclarecidos de Grecia, tales como Platón, para ser iniciados en Saís y en Tebas por los Maestros de Sabiduría. Los Misterios de Mitra en Persia, los Misterios de Orfeo y de Baco, los Misterios Menores de Eleusis, y lo de Samotracia, de Escitia, y de Caldea, son conocidos y aun familiares, al menos en el nombre. El valor de los Misterios Eleusinos, a pesar de su extrema atenuación, fue grandemente alabado por los hombres más eminentes de Grecia, tales como Píndaro, Sófocles, Isócrates, Plutarco y Platón.


Se les consideraba especialmente útiles con relación a la existencia post mortem, porque el Iniciado aprendía lo que aseguraba su dicha futura. Sopater alegaba además, que la iniciación establecía un parentesco entre el alma y la Naturaleza Divina; y en el himno esotérico a Demetrio se hacen encubiertas referencias al santo niño Jaco y a su muerte y resurrección, según se las consideraba en los Misterios.


De Jámblico, el gran teúrgico de los siglos III y IV de nuestra Era, puede aprenderse mucho acerca del objeto de los Misterios. La teurgia era magía. “la última parte de la ciencia sacerdotal”, y se practicaba en los Grandes Misterios para evocar la aparición de seres superiores. La teoría en que se fundaban estos Misterios, puede exponerse en breves palabras.

 

Existe UNO, anterior a todos los seres, inmutable, que mora en la soledad de Su propia unidad.

 

De AQUELLO arranca el Dios Supremo, el Engendrado por Si Mismo, el Bien, el Origen de todas las cosas, la Raíz, el Dios de Dioses, la Causa Primera que se desenvuelve en luz.

 

De Él surge el Mundo Inteligente o Universo ideal, a que pertenece la Mente Universal, el Nous, y los Dioses incorpóreos e intelectuales.

 

De Él procede el Alma del Mundo, a la cual corresponden las “formas Divinas intelectuales que están presentes en los cuerpos visibles de los Dioses”

 

Luego siguen varias jerarquías de seres sobrehumanos: Arcángeles, Archones (Gobernantes) o Cosmocratores, Ángeles, Demonios, etc. El hombre es un ser de un orden inferior, cuya naturaleza está relacionada con aquellos, a los cuales es capaz de conocer. Éste conocimiento se adquiría en los Misterios y conducía a la unión con Dios.

 

Estas doctrinas se explicaban así en los Misterios: “la emanación de todas las cosas del Uno, su vuelta hacia el Mismo, y la completa dominación de Él”.

 

Además, aquellos Seres eran evocados y aparecían algunas veces para enseñar, otras para elevar y purificar con Su mera presencia. “Los Dioses, benévolos y propicios, comunican su luz a los teúrgicos con profusión no envidiada, atrayendo sus almas, procurando unirlos a sí y acostumbrándoles, aun viviendo en el cuerpo, a separarse de él y a dirigirse hacia su eterno principio inteligente”.

 

Porque “teniendo el alma una vida doble, a una en unión con el cuerpo y la otra separada de él” es de todo punto necesario conocer el modo de separarla, a fin de que así pueda unirse con los Dioses por medio de su parte intelectual y Divina, y aprender los genuinos principios del conocimiento y las verdades del mundo de la inteligencia.

 

“La presencia de los Dioses nos comunica, realmente, la salud del cuerpo, la virtud del alma, la pureza de la inteligencia y, en una palabra, elevada todo nuestro ser a su naturaleza propia. Exhibe lo que no es cuerpo como cuerpo a los ojos del alma, por medio de los del cuerpo”.

 

Cuando aparecen los Dioses el alma obtiene “la libertad de las pasiones, una perfección trascendental, y una energía más excelente en todos los conceptos, participando del amor Divino y de una alegría inmensa".

 

(continuará)

 

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