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Las Imágenes y los Símbolos
Publicaciones Orden de Sion - Reflexiones Espirituales
Escrito por Sion de Bouillon   

 

Captar el sentido literal de un poema es comprenderlo tal y como se presenta, como poema en su totalidad. La única tarea es percibir su estructuración unitaria a través del ensamblaje de los símbolos.


Destacar el valor simbólico de las imágenes para comprender la mentalidad y el dinamismo estético de una obra, el símbolo en cuanto signo revela en cierto modo, el misterio, protegiéndolo al mismo tiempo de la mirada indiscreta. El símbolo es signo y es velo. En cuanto velo encubre; y en cuanto signo orienta, designa un camino de acercamiento. Quizá por esto el símbolo parezca paradójico y cree oposiciones, porque lleva la oposición en sí mismo. Por eso aparece en cierto modo ambiguo.


En la obra de Bernardo hay símbolos visuales y hay símbolos auditivos. De entre todos los símbolos visuales se pueden destacar cuatro grandes grupos:


I. Los símbolos naturales cósmicos: La luz; la luz y las sombras. La luz en contraste con la tenebrosidad y la sombra del valle. A veces el símbolo de la luz y de la sombra aparecen claramente metaforizados: La vida es sombra. El símbolo suele también expresar la bipolaridad de la realidad escatológica: El polo nocturno o del diablo y el polo de la clara eternidad. Nadie puede eludir el drama de la lucha. Afrontar la paradoja “luz-tinieblas” es comprometerse en una fe real, que es día y noche, una noche luminosa.


Es la clave de la vida del monje, de todo hombre auténtico, toda ella de fe y confiada en la victoria del Sol de Justicia. La lucha contra la sombra es un empeño por liberarse de la ignorancia. En esta lucha se precisa el discernimiento, la luz de un conocimiento pleno. Sólo al fin habrá pleno mediodía. Junto a la luz, el fuego. El fuego ilumina, calienta y une. Es símbolo del amor y de la vida participada de Dios como de la cercanía del Reino. El agua, los ríos y las fuentes, la concha, los canales y los arroyos. Bernardo desarrolla el símbolo arquetípico del agua como bebida y vida, como poder y purificación. El agua que se asocia a la fecundidad y a la exuberancia. Es el símbolo de la Vida Divina y germen de eternidad. Por eso el Paraíso es inconcebible sin el agua de sus cuatro ríos. En cuanto asociada a la Vida Divina, el agua expresa el sentido del gusto.


II. Símbolos del alimento y de la bebida: El pan, como primer símbolo, que hay que partir y romper; que tiene una corteza dura y una miga suave. Los racimos y el vino, símbolo específico de la transformación del hombre, manifestado en el júbilo espiritual. Inseparable al vino son las viñas, los signos de la invitación efectiva del Señor, que el hombre tiene que cuidar y fomentar.

III. Símbolos de estancia: El huerto, la bodega y la alcoba, que apuntan a tres estados internos y progresivos de comunicación con el misterio y cercanía de lo Divino. La tienda desplegada, lugar de la Creación y de la situación histórica del hombre que obstruye la irrupción de la luz. Bernardo asocia dos símbolos bajo un mismo vocablo. El término latino pellis se traduce por tienda y piel; piel en cuanto cuerpo o vida histórica personal desplegada a lo largo del tiempo. Tienda y piel son las señales de una situación peregrina; connotan provisionalidad y limitación. Todos llevamos “ las pieles de Adán”; pero hay pieles ennegrecidas y pieles hermosas, en función de la belleza última y definitiva.


La ciudad, Jerusalén, el lugar de la seguridad, punto de referencia que va guiando los pasos del peregrino, la patria. El lecho, lugar puntual del encuentro en el amor, símbolo, a su vez, de la quietud perfecta.


IV. Símbolos de animales: La tórtola, el ave que representa el trabajo de transformación, que, por ser estrictamente personal, es un quehacer solitario. La paloma, ave libidinosa a pesar de que a veces designa al Espíritu Santo. El gamo y el cervatillo insinúan la ligereza y presteza en la búsqueda. Las raposillas y las zorras sugieren las astucias que asaltan al hombre en la vida, y lo que es más grave, las manadas de lobos, los herejes, cuyos errores son señuelos mortales para las ingenuas ovejas que desean pastar en la verdad. Los perros, los cerdos y los fétidos ventoseos de la zorra denotan la deformidad y el desecho del error en la Iglesia.


V. Símbolos corporales y de actitudes humanas: Son sin duda los usados por Bernardo, que lleva a cabo una verdadera anatomía transferencial. El beso es el símbolo más embargante; expresa la unidad en el amor y se aplica siempre a dos personas complementarias, el esposo y la esposa, el Verbo y el Alma; Cristo y la Iglesia, la Divinidad y la humanidad. El beso implica siempre un trasvase de uno en el otro con un intento de elevación transformante de la parte inferior a la altura de la superior; significa en sí mismo la efusión del Espíritu de Dios, la comunicación de la luz del conocimiento y del fuego del amor. Los labios, como instrumento por antonomasia del beso, significan la capacidad de dar y de recibir amor. La boca, órgano de la comunicación profunda que, unida al beso, “beso de la boca” refiere la entrega mutua de dos personas; por la boca se transmite una enseñanza, y por ella el alimento penetra en el interior.


Los pechos, además de su función estética y de ser el signo de la íntima suavidad, encierran en su turgescencia la expresión delicada del amor, la leche, esa vida peculiar de la persona concreta que se da en el acto íntimo de amar. Pechos y seno son símbolos convergentes. Por eso Bernardo alude al seno de Dios, a los senos o pechos del esposo; la expresión concierne a la Divinidad andrógina. Órganos complementarios para realizar el acto del amor son los brazos, el izquierdo y el derecho, esto es, la confianza, que excluye todo miedo, y el deseo. El cuello, parte atractiva y capaz de embellecimiento. Los ojos situados en la parte superior del cuerpo; denotan el control y la armonía en el conjunto de la persona. La cópula, como el acto característico marital y concreto de la unión por el amor; es el símbolo más profundo, basado en la raíz misma de lo carnal. El símbolo, cuanto más embargantemente carnal, más destaca su referencia espiritual, que es su constitutivo real. Por eso la cópula es siempre, para Bernardo, la copula spiritualis, el acto de la belleza suprema. El sueño, símbolo de la belleza suprema. El sueño, símbolo de la prolongación de ese acto de intimidad concreto que es la cópula. El sueño se designa siempre por sus efectos: Gozo, quietud, suavidad. Si estos símbolos se consideraran a través de un prisma carnal, se reducirían a mero erotismo; y desde ese mismo momento dejarían de ser símbolos. Si son símbolos, y para Bernardo son los símbolos más adecuados del amor, connotan un sentido espiritual. El símbolo deslinda en cierto modo las fronteras de lo carnal y de lo espiritual, e introduce en lo carnal un espíritu de tal modo que infunde a lo carnal mismo profundidad y belleza, convirtiéndose por ello en vehículo transmisor de la realidad espiritual, por otra parte, incapaz de comunicarse directamente fuera de su símbolo correspondiente.


Por ello mismo, el símbolo corporal es un instrumento ascético creador de belleza, de control y de transformación de operaciones puramente mecánicas y pulsionales, que para Bernardo y los espirituales monásticos medievales no tienen sentido por sí solas.


VI. Símbolos digestivos o gustativos: Son efectuales de la experiencia del amor y se expanden a lo largo de las más diversificadas acciones y ocupaciones de la jornada; y sobre todo en el momento del salmodiar. Desaparece entonces todo posible bostezo, que es signo de vaciedad. En cambio se eructa como prueba de sana plenitud.


VII. Símbolos de idoneidad: Con dos grupos de símbolos complementarios y paralelos entre sí se puede concluir este ligero recorrido simbólico: Curvatura y rectitud; negrura y blancura. Curvatura y negrura apunta a deformidad; rectitud y blancura o candor evocan belleza. Son símbolos referenciales de la situación dinámica y progresiva del hombre en función de su reestructuración profunda y Divina en el amor. Porque Dios mismo es la rectitud y la blancura o candor refulgente de una gloria indescriptible. Pero ha hecho al hombre partícipe de esta misma realidad en virtud de la Creación, y luego de la Redención. Estos símbolos visuales se asocian a veces entre sí y nos esclarecen el dinamismo de la experiencia en el amor.


N.N.D.

 

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