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El Sermón de la Montaña (VI)
Publicaciones Orden de Sion - Reflexiones Espirituales
Escrito por Sion de Bouillon   

 

Con el número seis entramos en la vida espiritual, en el Cuadrado del Cielo. Antes estábamos en el Cuadrado de la Tierra, que termina con la misericordia absoluta.

-Perdonamos todo el mal que nos han hecho y nos ponemos en el lugar del otro.

-Perdonamos también a los que poseen cualidades de las que nosotros carecemos.

-Perdonamos a todo lo que existe. Tenemos misericordia. Comprendemos.


Sólo cuando hemos perdonado absolutamente todo el mal que nos han hecho, podemos perdonar a todos los seres humanos sin distinción alguna, incluidos los asesinos. Sólo hasta entonces merecemos el perdón y la misericordia. No es sino hasta el momento en que comenzamos a reconocer el valor del prójimo, que nuestro valor es reconocido. La menor crítica que profiramos ensucia nuestra perfección. El menor acto no misericordioso principia por destruirnos.


Cuando comenzamos a comprender a todos sin ocuparnos de que nos comprendan, comenzamos al fin a ser comprendidos. Es así como esto sucede, puesto que lo que hacemos al mundo, nos lo hacemos a nosotros mismos.


Cuando pasamos nuestros días agrediendo y criticando al otro, somos agredidos y criticados también. Una persona que viene a hablarnos mal del otro no es nuestra amiga porque ella también habla mal de nosotros, como lo hace de todo el mundo. Una persona que viene a contarnos lo que el otro ha dicho mal de nosotros, irá también a contar al otro lo que digamos de éste; tal persona tiene por objetivo el sonsacarnos palabras no misericordiosas: Nos empuja a agredir al otro a fin de podérselo contar.


Existe también un buen número de personas que no son misericordiosas y que viven de la agresión: No han aprendido a ser alegres y dar placer. Es por ello que deben agredir. Resulta evidente que cuando no damos placer y no nos permitimos tenerlo, ejercemos la agresión porque no aceptamos el placer del otro: No somos misericordiosos.


Es justamente cuando entramos al Cuadrado del Cielo, que está escrito:


“Bienaventurados los de limpios corazón, porque ellos verán a Dios”.


Penetramos en otro ciclo y subimos de nivel. Ahí uno se hace Profeta. Nos convertimos en uno de los cuatro discípulos. Somos uno de los cuatro puntos cardinales. En esta nueva etapa, comenzamos a entrar en éxtasis.


El corazón es impuro. ¿De dónde proviene esta impureza?. Obviamente del intelecto, el sexo y el cuerpo. El corazón no es en sí impuro. Es como un niño. Son todas las heridas que le hemos impuesto las que lo hacen impuro.


¿Cómo purificar el corazón?. Utilizando la fuerza para controlar a nuestro dragón. No lo matamos ni lo rechazamos: Usamos la fuerza de la persuasión. Es el intelecto el que acepta la fuerza y desciende a persuadir al animal acariciándolo. Acariciamos a nuestro ego, a nuestro animal. Entramos en contacto con él y danzamos con él.


Cuando comprendemos a nuestro animal, lo reconocemos y aceptamos lo que nos aporta de energía. El corazón comienza entonces a purificarse. Cuando el corazón está limpio, Dios aparece en el interior. Está ahí, en nuestro propio centro. Es la perla y nosotros somos el estuche.


Los corazones puros verán a Dios. Es decir, que se darán cuenta de que todo es Dios. Este es el proceso. Ver a Dios no consiste en ver un ser especial. Es imposible. ¡Todo es Dios!.


Verlo en todo quiere decir que cuando hablamos, nuestra voz es Dios. Nuestros pensamientos son Dios. Nuestros sentimientos son Dios. Nuestros deseos son Dios. La persona a quién hablamos es Dios... .Todo es Dios. Su firma está absolutamente por todas partes.


Con un corazón puro, vivimos en pleno Paraíso. Lo cotidiano es un placer constante. Incluso la enfermedad es Dios. Todo es Dios.


Cuando se llega al número siete, hay que salir de ese estado que raya en el narcisismo. En efecto, si vemos a Dios en todas partes, accedemos a un estado de bienaventuranza al cual corremos el riesgo de aferrarnos. Como todo es Dios, no hacemos nada. Pasar por esta etapa representa un peligro porque nos realizamos, pero esta realización todavía es personal. Por ello Cristo dice entonces: “¡Acción!”.

 

(continuará)


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