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Arraigar En El Amor (V)
Publicaciones Orden de Sion - Reflexiones Espirituales
Escrito por María de Aquitania   
Martes, 11 de Diciembre de 2012 00:00

Autora: Soror J.G.++

MANIFESTAR LA CARIDAD

Tus mejores sentimientos e intenciones permanecen ocultos a tu hermano, mientras no se los expreses de alguna manera. Para lograrlo tendrás que vencer muchas dificultades, Nadie carece de ellas, y las tullas, seguramente, son diferentes a las de tu hermano. No basta con esperar, confiado en la buena voluntad y en la oración, que los sentimientos sinceros , ocultos en tu corazón, se manifiesten un día por si mismos en la otra vida, cuando, al transparentarse las almas unas a otras, no haya mas problema de comunicación entre nosotros. No. Dios nos pide que nos unamos unos a otros, luchando, día tras día, por franquear la frontera de la expresión externa, frontera reforzada por la barrera de nuestra sensibilidad con sus movimientos instintivos de simpatía o de antipatía, y la de nuestra timidez, inhibiciones o torpezas . Sin esta comunicación entre nosotros no puede existir la verdadera caridad fraterna.

La caridad se manifiesta por los medios de expresión: un gesto, una mirada establecen una comunicación; pero la expresión más completa es la de la palabra y los actos. Es cierto que existe una gran diversidad en los modos de expresar la caridad fraterna. Esta diversidad es la misma que la de las personas, y olvidarlo en la práctica engendra muchos tropiezos.

De todas maneras, ya seas de temperamento taciturno o locuaz, necesitas aprender a hablar y a expresar lo que sientes. A veces hay que saber pensar en alto, hacer preguntas, de modo que se vea que estás atendiendo y dispuesto a escuchar. Una conversación no es un monólogo, tiene que suscitar una respuesta. Cuando estás con tu hermano o cuando recibes una visita, esfuérzate por hacerle hablar sobre un tema que le interese y en el que sea competente.

Me ha sorprendido esta mañana una frase de la epístola del cuarto domingo después de pascua: “tenedlo presente, hermanos míos queridos; que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar” .

Acostumbrarse a escuchar. ¡Que pocos de nosotros saben hacerlo! Cuando nos atrevemos a vencer la timidez, a superar la tendencia a vivir encerrados en nosotros mismos, y cuando, llenos de buena voluntad, nos decidimos a darnos a los otros y a temer un encuentro íntimo con ellos, reducimos todo a un esfuerzo para hablarles. Parece en verdad que la caridad ha muerto, o, por lo menos, es muy imperfecta, si no llega a establecer entre dos personas un encuentro a través de la palabra. Porque ¿para qué sirve la palabra si no es un puente sobre el que se pueda establecer el trafico en los dos sentidos? Con frecuencia, olvidando escuchar, se establece el trafico sólo en un sentido, y el otro queda prohibido. La palabra no es entonces verdadera caridad; se vierten las propia ideas y pensamientos sobre los otros, uno se expresa, se afirma, se impone a los demás. Y así la palabra nos engaña. Creemos dar forma a la caridad porque nos preocupamos de hablar a los otros. Esta actitud es la opuesta a la acogida, a la disponibilidad. Menos que decubrirnos nosotros mismos a los otros, tenemos que abrirnos de par en par para que ellos puedan entrar en nosotros. Es una actitud más rara y difícil, pero prepara y traduce una caridad mas delicada y mas alta. Se orienta al bien del hermano, le damos la alegría de ser suyo, le hacemos fácil una apertura que necesita, y le ofrecemos la posibilidad de afirmarse. Sabes escuchar a otros es estar silenciosamente atentos, presentes a ellos con la mirada, con un silencio lleno de presencia, de interés y de espera. Saber escuchar es también saber hacer preguntas, porque es una manera de expresar nuestra atención y el deseo de escuchar. Con frecuencia las conversaciones son casi un monologo sordo, tratando cada uno de hablar sin preocuparse de escuchar. Pero cuando se sabe escuchar bastan pocas palabras par decir muchas cosas y para establecer un verdadero contacto, con frecuencia profundo, con aquél a quien hemos dejado abrirse, por la presencia atenta de nuestro silencio.

Ten cuidado, porque la palabra, una vez lanzada, no puede recogerse, y porque a veces la expresión traiciona el pensamiento. Las palabras que pronunciamos evocan, con frecuencia, algo diferente a lo que teníamos intención de decir. Medita alguna vez el pasaje de la epístola de Santiago que habla de la lengua,


(continuará)


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